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giovedì 8 giugno 2017

hasta cuando este príncipe de los infiernos visita el Vaticano y le dicta un concordato… reconozco en él al Anticristo.

Lo vislumbro cuando en el Este de nuestro continente que se hunde asegura que va a liberar a los trabajadores y ennoblecer el trabajo; cuando en el Oeste promete defender la libertad de la cultura e iza sobre los tejados de las cárceles las falsas banderas de la humanidad; cuando en el Centro (es decir, entre el Este y el Oeste) promete a un pueblo felicidad y bienestar, y a la vez prepara la guerra en la que habrá de sucumbir; cuando induce al pueblo insular de Europa, a los ingleses, los marinos del antiguo continente, a la indiferencia frente a todo cuanto puede llegar aún a suceder en ese continente, cómo se puede inducir a los marinos en plena navegación, a los hijos de tierra firme, a que no se preocupen ya del destino de las casas donde nacieron; cuando promete a los hijos de las montañas de Europa, a los suizos, y a los conmovedores e inofensivos hijos de la costa, a los holandeses, fortuna y ganancias en cuanto los demás comiencen a matarse; cuando azuza a los amarillos contra los blancos y a los negros contra los amarillos y los blancos; cuando promete a los italianos el poder de la antigua Roma y a los griegos de hoy el esplendor de la antigua Hélade. Sí, hasta cuando este príncipe de los infiernos visita el Vaticano y le dicta un concordato… reconozco en él al Anticristo. Y aunque su poder es mucho mayor que el mío, no le temo. Y quiero intentar desenmascararlo.

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